Esta pasión es metonímica. Hay una parte que celebra el todo. La revolución ciudadana funciona porque antes a nivel social no ha existido mayores ventajas como ahora. Indiscutible. Innegable. Hay que ser un criminal para no reconocer eso. Un cretino, un tonto, un inconsciente, laxo, frívolo, miserable. Se reafirma algo que durante mucho tiempo se lo hizo a medias; aunque no sé, creo que la idea es que nunca antes se hizo algo parecido, que desde este Gobierno empezamos a vivir. Es una parte por el todo. La pasión se desborda.
Y esa parte sostiene el proceso a niveles generales.
Pero esa metonimia está distribuida como pedazos de vidrios que han caído sobre el suelo. Cada uno mira el espectro disminuido, busca su pespectiva ideal, el sostenimiento de un criterio desde una parcela de la realidad: "Ya es hora de que los que dañaron el país paguen", "Los medios deben hacerse responsables del problema del Ecuador", "Por fin nos respetan a nivel internacional". Creo que esas perspectivas son muy pobres, buscan ignorar el resto por la necesidad de sostener algo de fe, una esperanza que no debería acabarse: el caldo de cultivo de la tontería.
Por eso, en un país que se ha dividido por una forma de ver la administración pública y por un discurso que es peligroso, hipóccrita y precisamente metonímico, resulta complicado sentarse a conversar sobre el tema sin problema, sin pasión. Es simplemente imposible. Ayer la autora Lucrecia Maldonado escribió un artículo de opinión en diario El Telégrafo que me aterra y usé la palabra "asqueroso" para referirme a ese texto (quizás mucho tenga que ver esta pasión, pero en realidad no puedo entender cómo una persona ligada al arte acepta públicamente la defensa de un régimen que no atenta contra la libertad de expresión -porque no puede hacerlo- sino que busca generar una perspectiva que una visión de Gobierno con visión popular y eso siempre es peligroso) que entre otras cosas expresaba: "Me gustaría defender la Revolución Ciudadana desde mis actitudes. Como el cristianismo más antiguo, me parece que hay cosas que se defienden poniendo el cuerpo y demostrando con el propio ejemplo la validez de aquello por lo que apostamos. Defenderla desde mi apertura, desde mi respeto a una sana discrepancia, desde mi tolerancia a quienes no piensan como yo (ni tienen por qué) siempre que no obren ni se expresen a partir de la mentira, la injusticia o el deseo de destruir por destruir. Lo que no quisiera es tener que defenderla desde el fanatismo, desde la exclusión, desde el envalentonado y muchas veces cruel “¡o conmigo o contra mí!” que tanto se critica en otros y que tan tentador se vuelve cuando aparecen los primeros problemas o desacuerdos".
Párrafo interesante, tomando en cuenta que ella afirma estar dispuesta a impregnarse la característica de mártir por algo que asegura entender como apertura al otro (¿?). El uso del cristianismo me hace comprender una vez más el valor mesiánico que mucha gente le ha dado a este proceso en Ecuador.
"Creo en la Revolución Ciudadana. La sigo. La amo. Tanto que a estas alturas me parece aún más importante defenderla incluso de sí misma. Por eso mismo, no quisiera jamás que se tiña de fanatismo, de cerrazón, de intolerancia...". ¿Amar un proceso de administración pública? Sólo de pensarlo me espanto. ¿Que no se tiña de fanatismo? Entonces se me desbarata la referencia al cristianismo antiguo...
Que "Un credo" (como se titula el artículo de Maldonado) se convierta en una manifestación de apoyo a una realidad política, que tiene un gran punto fuerte en el apoyo de los menos beneficiados (y que extrañamente el Gobierno quiere, como si fuese una foca de acuario, en pleno espectáculo, recibir aplausos por hacer bien su trabajo), es inconcebible. Implica tomar el panorama total y quedarse con el árbol. Está bien, aplausos. ¿Dónde está el resto? ¿Qué hay de ese innecesario discurso divisionista? ¿Qué hay de la incontinencia verbal del Presidente? ¿Qué me dicen de la compra de diputados alternos para integrarlos a los requerimientos del régimen (cuando el Gobierno se jactaba de derrocar las prácticas de la política antigua)? ¿Qué me dicen de la corrupción en el Ministerio del Deporte? ¿Qué hay del hermano del Presidente enriqueciéndose en este Gobierno? ¿Qué hay de las empresas del Secretario de la Administración aumentando su dinero de manera desmesurada este último tiempo? ¿Qué hay de tener gente que se contactó y que justifica a las Farc de una manera individual en su equipo de trabajo (o al menos que hayan sido parte de su equipo)? ¿Qué hay de tener la Presidencia y las dos vicepresidencias de la Asamblea? ¿Qué hay de esas cosas? ¿Qué me pueden decir de un Presidente que llama al pueblo a que defienda la Revolución con Comités de Defensa (eso es tan asqueroso como ver al Alcalde de Guayaquil llamando a la gente a salir a las calles y protestar)? Sé que habrá explicaciones y respuestas a estas preguntas que para muchos consistirán en afirmar que el proceso va bien. Sé que esta dicotomía hará que este post sea asqueroso para algunos. Pero sé, estoy seguro, que ante toda la historia de la humanidad, de desencuentros y dolores, un Gobierno no debe ser amado por nadie, sino regulado, observado con detenimiento y a la vez con la desconfianza necesaria para evitar que nos vean la cara de cojudos una vez más.
Y este Gobierno, que mantuvo el discurso de cambiar todo, de darle un nuevo inicio al país, es el que debe estar en la mira, no la gente que opina en contra o la gente que lo defiende. ¿Por qué? Porque toda revolución (aunque sea ciudadana) busca llevarnos a un tiempo idílico donde todo supuestamente estuvo o pudo estar mejor. Porque toda administración que se jacta de honesta, de manos limpias, de corazones ardientes, pues debe evidenciarlo siempre y en este caso, nosotros deberíamos exigir a este Gobierno que sea lo que debe ser.
Esa 'supervisión' o duda contextual no puede ser vista únicamente como una herramienta de los poderosos de derecha. Me niego a crear una realidad partida en dos.
Amarlo es permitir los absurdos desmedidos... es una real declaración no de principios, sino de emergencia... hacer la vista gorda, obviar las revisiones.
Ayer, también, leí el editorial de Leonardo Valencia y me sentí mejor. Escribe: "A Javier Ponce, a quien aprecio como novelista y poeta, le dije antes de que fuera ministro, una tarde a comienzos de 2007, en Barcelona, que no me fiaba de Correa, no por sus intenciones sino por su lenguaje. Hoy lo ratifico". Y esa es una sensatez mayor, aunque para alguien sea "asquerosa"... y de seguro con alguna justa razón que no logro y ni lograré comprender.
Y esa parte sostiene el proceso a niveles generales.
Pero esa metonimia está distribuida como pedazos de vidrios que han caído sobre el suelo. Cada uno mira el espectro disminuido, busca su pespectiva ideal, el sostenimiento de un criterio desde una parcela de la realidad: "Ya es hora de que los que dañaron el país paguen", "Los medios deben hacerse responsables del problema del Ecuador", "Por fin nos respetan a nivel internacional". Creo que esas perspectivas son muy pobres, buscan ignorar el resto por la necesidad de sostener algo de fe, una esperanza que no debería acabarse: el caldo de cultivo de la tontería.
Por eso, en un país que se ha dividido por una forma de ver la administración pública y por un discurso que es peligroso, hipóccrita y precisamente metonímico, resulta complicado sentarse a conversar sobre el tema sin problema, sin pasión. Es simplemente imposible. Ayer la autora Lucrecia Maldonado escribió un artículo de opinión en diario El Telégrafo que me aterra y usé la palabra "asqueroso" para referirme a ese texto (quizás mucho tenga que ver esta pasión, pero en realidad no puedo entender cómo una persona ligada al arte acepta públicamente la defensa de un régimen que no atenta contra la libertad de expresión -porque no puede hacerlo- sino que busca generar una perspectiva que una visión de Gobierno con visión popular y eso siempre es peligroso) que entre otras cosas expresaba: "Me gustaría defender la Revolución Ciudadana desde mis actitudes. Como el cristianismo más antiguo, me parece que hay cosas que se defienden poniendo el cuerpo y demostrando con el propio ejemplo la validez de aquello por lo que apostamos. Defenderla desde mi apertura, desde mi respeto a una sana discrepancia, desde mi tolerancia a quienes no piensan como yo (ni tienen por qué) siempre que no obren ni se expresen a partir de la mentira, la injusticia o el deseo de destruir por destruir. Lo que no quisiera es tener que defenderla desde el fanatismo, desde la exclusión, desde el envalentonado y muchas veces cruel “¡o conmigo o contra mí!” que tanto se critica en otros y que tan tentador se vuelve cuando aparecen los primeros problemas o desacuerdos".
Párrafo interesante, tomando en cuenta que ella afirma estar dispuesta a impregnarse la característica de mártir por algo que asegura entender como apertura al otro (¿?). El uso del cristianismo me hace comprender una vez más el valor mesiánico que mucha gente le ha dado a este proceso en Ecuador.
"Creo en la Revolución Ciudadana. La sigo. La amo. Tanto que a estas alturas me parece aún más importante defenderla incluso de sí misma. Por eso mismo, no quisiera jamás que se tiña de fanatismo, de cerrazón, de intolerancia...". ¿Amar un proceso de administración pública? Sólo de pensarlo me espanto. ¿Que no se tiña de fanatismo? Entonces se me desbarata la referencia al cristianismo antiguo...
Que "Un credo" (como se titula el artículo de Maldonado) se convierta en una manifestación de apoyo a una realidad política, que tiene un gran punto fuerte en el apoyo de los menos beneficiados (y que extrañamente el Gobierno quiere, como si fuese una foca de acuario, en pleno espectáculo, recibir aplausos por hacer bien su trabajo), es inconcebible. Implica tomar el panorama total y quedarse con el árbol. Está bien, aplausos. ¿Dónde está el resto? ¿Qué hay de ese innecesario discurso divisionista? ¿Qué hay de la incontinencia verbal del Presidente? ¿Qué me dicen de la compra de diputados alternos para integrarlos a los requerimientos del régimen (cuando el Gobierno se jactaba de derrocar las prácticas de la política antigua)? ¿Qué me dicen de la corrupción en el Ministerio del Deporte? ¿Qué hay del hermano del Presidente enriqueciéndose en este Gobierno? ¿Qué hay de las empresas del Secretario de la Administración aumentando su dinero de manera desmesurada este último tiempo? ¿Qué hay de tener gente que se contactó y que justifica a las Farc de una manera individual en su equipo de trabajo (o al menos que hayan sido parte de su equipo)? ¿Qué hay de tener la Presidencia y las dos vicepresidencias de la Asamblea? ¿Qué hay de esas cosas? ¿Qué me pueden decir de un Presidente que llama al pueblo a que defienda la Revolución con Comités de Defensa (eso es tan asqueroso como ver al Alcalde de Guayaquil llamando a la gente a salir a las calles y protestar)? Sé que habrá explicaciones y respuestas a estas preguntas que para muchos consistirán en afirmar que el proceso va bien. Sé que esta dicotomía hará que este post sea asqueroso para algunos. Pero sé, estoy seguro, que ante toda la historia de la humanidad, de desencuentros y dolores, un Gobierno no debe ser amado por nadie, sino regulado, observado con detenimiento y a la vez con la desconfianza necesaria para evitar que nos vean la cara de cojudos una vez más.
Y este Gobierno, que mantuvo el discurso de cambiar todo, de darle un nuevo inicio al país, es el que debe estar en la mira, no la gente que opina en contra o la gente que lo defiende. ¿Por qué? Porque toda revolución (aunque sea ciudadana) busca llevarnos a un tiempo idílico donde todo supuestamente estuvo o pudo estar mejor. Porque toda administración que se jacta de honesta, de manos limpias, de corazones ardientes, pues debe evidenciarlo siempre y en este caso, nosotros deberíamos exigir a este Gobierno que sea lo que debe ser.
Esa 'supervisión' o duda contextual no puede ser vista únicamente como una herramienta de los poderosos de derecha. Me niego a crear una realidad partida en dos.
Amarlo es permitir los absurdos desmedidos... es una real declaración no de principios, sino de emergencia... hacer la vista gorda, obviar las revisiones.
Ayer, también, leí el editorial de Leonardo Valencia y me sentí mejor. Escribe: "A Javier Ponce, a quien aprecio como novelista y poeta, le dije antes de que fuera ministro, una tarde a comienzos de 2007, en Barcelona, que no me fiaba de Correa, no por sus intenciones sino por su lenguaje. Hoy lo ratifico". Y esa es una sensatez mayor, aunque para alguien sea "asquerosa"... y de seguro con alguna justa razón que no logro y ni lograré comprender.



