Un mal acto de google. ¿Por qué será que las crónicas de conciertos son un desastre? Calamaro tocó y más allá de los chistes fáciles (¿No es el concierto de Calamardo? ¿Dónde está Bob Esponja?) te queda la idea que la gente que va a hacer la cobertura no tiene de idea de lo que significa ese acto de traducción. Entonces comes mierda al leerlas, porque descubres impresiciones, teorías e informaciones descabelladas. Y te das cuenta que el deseo de contar lo que pasó se reduce y obvia lo que el espactador sintió. Ahí quizás radica la belleza de una narración: el periodista contando desde su perspectiva lo que fue, lo que pasó.
Calamaro de negro, un Dylan con su guitarra, gafas que se sacó en un momento para señalarle a un infeliz que lo estaba hiriendo cada vez que utlilizaba un artefacto de rayo láser que iluminaba sus ojos (¿qué tipo de cretino paga la entrada más cara para joder al intérprete? Existe esa persona en Quito). Calamaro haciendo de Mick Jagger, moviendo sus delgadas piernas, mientras tocaba la clave haciendo el clásico un, dos, un, dos, tres. Llevando el ritmo, intentando un baile. No había teclado a su alrededor. El Salmón quería ser el frontman y el show fue la demostración de aquello. Calamaro en el suelo, cantando. No es un gran cantante, pero es uno de los mejores. La voz ronca se apaga, y luego vuelve a sonar con fuerza. Una hermosa telecaster celeste en sus manos. Parece que se arrodilló, pero es el gesto de vocalista, de contacto con la gente sólo con el gesto. Habla poco, dice tres o cuatro cosas. Se acaba una canción y empieza la otra de inmediato, el conteo del batero con los palillos y listo. Podría dar una lista de las canciones, una por una, una tras otras... pero eso me suena a mala crónica, a pésima reseña.
Hay una constante en la obra de Calamaro. Está pensada para ser cantada por todos, para ser coreada. Muchas ahh ohh ahh en sus canciones. El final de "Flaca", el inicio de "Los chicos", la coda de "Loco", el clímax de "El día de la mujer mundial"... etc. Siempre hay estribillos que invitan al contacto, al canto coral. Calamaro hace de su música, de su rock, un acto colectivo. Esa es su finalidad, por eso un shos en vivo viene a ser la razón de ser de su obra musical. Hay que convenir en algo, sus discos suelen ser un tanto disparejos y desprolijos. ¿Importa eso? No, porque la finalidad está a la vuelta, está presente.
Momentos cumbres: homenajes a Lou Reed, a Luis Alberto Spinetta, a Sabina y a Bob Marley. Al gran Bob con varios compases de sus temas, intercalados con los del Salmón. Saludos y presentación de todo el staff de la gira, desde sonidistas hasta gente del stage (la primera vez que veo eso). Luego los tangos. "Jugar con fuego", con la música de Mariano Mores, y un gran trabajo, "Los mareados", de Cobián/Cadícamo (no de Javier Calamaro, como especifíca ese engendro de nota de El Universo). "Estadio Azteca", instante para llorar y dejarte llevar por esa canción sobre el autoestima. Andrés Calamaro es la banda sonora de algunos perdedores, a veces de mis derrotas. Compone para no olvidar y luchar en contra de la sensación de dispersión. "Soy tuyo", una joya de amor escatológico, la historia de amor signada por el coito. El sonido perfecto del show.
Cada 'up' tiene su 'down': "Sin documentos". Cuando a un tema le bajas el tono, lo vuelves canción de hospital gerontológico. Probablemente la voz del Salmón no resiste como antes, pero todo cantó en su tono original, salvo este tema. La falta de "Mil horas", pero Calamaro es un artista y no un ofrecedor de esparcimiento. Así lo justificas. El frontman un tanto fallido. Quizás no es lo del Salmón, pero él se ha ganado el derecho de hacerlo.
Luego el final. 30 canciones (¿tantas?) y la salida. "Canal 69" y "Paloma" como el desquite. La gente se retiró, caminamos en procesión varias cuadras. Cerca del Swiss Hotel, el grito se manifestó: "Olé, olé, olé, olé... Andrés, Andrés". Miro por la puerta lateral. Él entra, se detiene. Juro que se da la vuelta y me mira. Sonrío y levanto el pulgar. Juro que hizo él lo mismo. Y siguió su camino. No lo sé y no me importa en este momento. "El día de la mujer mundial", con eso bastó y sobró. Calamaro es un grande, no el más grande... toma y usa algo de todos, lo hace bien, y eso lo hace grande... también que adore a Frank Sinatra, claro.
Calamaro de negro, un Dylan con su guitarra, gafas que se sacó en un momento para señalarle a un infeliz que lo estaba hiriendo cada vez que utlilizaba un artefacto de rayo láser que iluminaba sus ojos (¿qué tipo de cretino paga la entrada más cara para joder al intérprete? Existe esa persona en Quito). Calamaro haciendo de Mick Jagger, moviendo sus delgadas piernas, mientras tocaba la clave haciendo el clásico un, dos, un, dos, tres. Llevando el ritmo, intentando un baile. No había teclado a su alrededor. El Salmón quería ser el frontman y el show fue la demostración de aquello. Calamaro en el suelo, cantando. No es un gran cantante, pero es uno de los mejores. La voz ronca se apaga, y luego vuelve a sonar con fuerza. Una hermosa telecaster celeste en sus manos. Parece que se arrodilló, pero es el gesto de vocalista, de contacto con la gente sólo con el gesto. Habla poco, dice tres o cuatro cosas. Se acaba una canción y empieza la otra de inmediato, el conteo del batero con los palillos y listo. Podría dar una lista de las canciones, una por una, una tras otras... pero eso me suena a mala crónica, a pésima reseña.
Hay una constante en la obra de Calamaro. Está pensada para ser cantada por todos, para ser coreada. Muchas ahh ohh ahh en sus canciones. El final de "Flaca", el inicio de "Los chicos", la coda de "Loco", el clímax de "El día de la mujer mundial"... etc. Siempre hay estribillos que invitan al contacto, al canto coral. Calamaro hace de su música, de su rock, un acto colectivo. Esa es su finalidad, por eso un shos en vivo viene a ser la razón de ser de su obra musical. Hay que convenir en algo, sus discos suelen ser un tanto disparejos y desprolijos. ¿Importa eso? No, porque la finalidad está a la vuelta, está presente.
Momentos cumbres: homenajes a Lou Reed, a Luis Alberto Spinetta, a Sabina y a Bob Marley. Al gran Bob con varios compases de sus temas, intercalados con los del Salmón. Saludos y presentación de todo el staff de la gira, desde sonidistas hasta gente del stage (la primera vez que veo eso). Luego los tangos. "Jugar con fuego", con la música de Mariano Mores, y un gran trabajo, "Los mareados", de Cobián/Cadícamo (no de Javier Calamaro, como especifíca ese engendro de nota de El Universo). "Estadio Azteca", instante para llorar y dejarte llevar por esa canción sobre el autoestima. Andrés Calamaro es la banda sonora de algunos perdedores, a veces de mis derrotas. Compone para no olvidar y luchar en contra de la sensación de dispersión. "Soy tuyo", una joya de amor escatológico, la historia de amor signada por el coito. El sonido perfecto del show.
Cada 'up' tiene su 'down': "Sin documentos". Cuando a un tema le bajas el tono, lo vuelves canción de hospital gerontológico. Probablemente la voz del Salmón no resiste como antes, pero todo cantó en su tono original, salvo este tema. La falta de "Mil horas", pero Calamaro es un artista y no un ofrecedor de esparcimiento. Así lo justificas. El frontman un tanto fallido. Quizás no es lo del Salmón, pero él se ha ganado el derecho de hacerlo.
Luego el final. 30 canciones (¿tantas?) y la salida. "Canal 69" y "Paloma" como el desquite. La gente se retiró, caminamos en procesión varias cuadras. Cerca del Swiss Hotel, el grito se manifestó: "Olé, olé, olé, olé... Andrés, Andrés". Miro por la puerta lateral. Él entra, se detiene. Juro que se da la vuelta y me mira. Sonrío y levanto el pulgar. Juro que hizo él lo mismo. Y siguió su camino. No lo sé y no me importa en este momento. "El día de la mujer mundial", con eso bastó y sobró. Calamaro es un grande, no el más grande... toma y usa algo de todos, lo hace bien, y eso lo hace grande... también que adore a Frank Sinatra, claro.


